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jueves, 9 de julio de 2009

SANSÓN

SANSÓN


A falta de ojos Sansón le pide a un muchacho que lo acerque a las dos columnas principales de un templo filisteo.

A Sansón le sobraba cabellera y siente de nuevo que la fuerza le revienta los brazos.

Sansón palpa ambas columnas y se desahoga a placer.

El templo se derrumba.
Muchos mueren. También Sansón.

Desde entonces su fama cruza los siglos y llega hasta hoy.

¡Sansón! ¿Un mito? ¿Una leyenda? ¿Un super macho?

¡Cuidado! Antes que nada un hombre común y corriente con fortalezas y debilidades.

Sansón el abstemio, el consagrado, el defensor de su pueblo

Sansón el vengativo, el pendenciero y sobre todo el mujeriego.

No le pregunten a Sansón si recuerda a una tal Dalila.

No le pregunten a Dalila si recuerda a un tal Sansón

Sin embargo, ambos, Sansón –y por supuesto Dalila- a su modo colaboran en los misteriosos planes de Dios.

Y es que el Señor tiene ojos que miran nuestra ceguera y necedad, pero también lo mucho que podemos aportar.

NOÉ

NOÉ


Noé no era.

No era carpintero Noé, ni marinero, ni administrador, mucho menos veterinario y no digamos ecólogo, zoólogo ni otros “ólogos”

Noé sí era.

Sí era agricultor Noé, sí era cultivador de uvas y fabricante de vinos.

Noé no era pervertido.

Noé sí era un hombre bueno y breteador.

Noé no era capaz de muchas cosas. Pero, cuando toca, toca.
Y a Noé le tocó ser y hacer.

Se hizo carpintero, constructor, marinero, administrador, veterinario.

¿Cómo fue que de no ser, llegó a ser?

¡Por la gracia de Dios!

Igual nosotros -sin saber cómo- hemos hecho y hacemos cosas que no imaginamos poder ser ni hacer.

¿Cómo conseguir la casa, el trabajo, la profesión, el matrimonio, el negocio?
¿Cómo salir del berenjenal en que nos metimos?

¡Por la gracia de Dios!

¿Tenía timón el arca de Noé? No. Noé navega con su familia a la deriva.

Noé no era, pero termina siendo y termina llegando porque se deja guiar por Dios.

GOLIAT

GOLIAT


¿Idiay Goliat, qué hace usted ahí tirado en el suelo?

¿Por qué está así con los brazos abiertos, la panza para arriba y todo despernancado?

¿Por qué de esa boca ya no salen blasfemias, ni insultos, ni hijueputazos?
No hace un minuto estaba usted madreando a diestra y siniestra.
¿Qué le pasó? ¡Diga algo!

¿Y esa coraza? ¿Y ese casco? ¿Y esa espada brillante, enorme y afilada?
¿No le sirvieron de nada?

Oiga, Goliat, ¿qué es esa piedra que veo aquí?
¿Y ese reguero de sangre en la frente?
¡Qué huevazo, Goliat!

¡Diga algo, mamulón!

Pobre Goliat, ya no respira…

Tanta hablada, tanto cacareo, tanto orgullo; y mírenlo.

Pobre Goliat.

Ahora que esta ahí con los ojos en blanco, hasta los chiquillos vendrán a burlarse y jugando cantarán:
“Hey Goliatcillo te patearon el culillo.”

Pobre Goliat.

Y pobres nosotros cuando imitamos a Goliat.

SAULO PABLO

SAULO PABLO


Dije Saulo Pablo, no San Pablo.

Saulo fue primero. Pablo, después.

Saulo perseguía cristianos.

Pablo persigue a Cristo.

Saulo era activo fariseo.

Pablo es incansable predicador del Evangelio.

Saulo era ciego, no veía la verdad.

Paulo queda enceguecido después de haber visto la verdad.

Saulo vivía preso de su fanatismo farisaico.

Pablo vive entre barrotes por predicar a Cristo resucitado.

Saulo iba a caballo, camino hacia Damasco para arrestar a los seguidores del “camino del Señor”.

¡De pronto una luz... en el camino!

Paulo se levanta del suelo y recorre a pie, aturdido, a tientas, el resto del camino a Damasco.

Saulo ayer. Paulo hoy.

Y todo ocurre en el camino: Saulo, Pablo, San Pablo.

Igual nosotros. Todo ocurre en el camino de nuestras vidas.

Tu camino, mi camino, nuestro camino: el camino del Señor.

JACOB

JACOB


Noche en el desierto. Cielo azul profundo. Granizado de estrellas.

Soledad acompañada solamente de soledad.

En medio de aquel arenal, Jacob y una piedra por almohada.

Para entretenerse mira el firmamento y mastica este y aquel pensamiento.

Entretanto se duerme.
Ve una escalera que llega hasta el cielo.
Ángeles suben y bajan.

¿Una escalera que toca el cielo?

Amanece y pasa el día, y luego otro día, y otro, y muchos más.

Luego, en otra noche, en otro desierto, en otra soledad, Jacob lucha con un hombre que al final resulta ser un ángel y luego se sabe que es Dios.

En la pelea Jacob le arranca a Yavé una bendición ¿Otro sueño?

¡Qué más da! Una cosa es cierta:
Jacob es soñador y también luchador.

Se las ingenia para convertirse en primogénito.
Trabaja catorce años hasta conseguir casarse con Raquel.
Y a como puede hace fortuna a pesar de los trucos de su tío Labán.

Jacob sueña, pide bendiciones a Dios –es decir, ora- y trabaja.

Soñar, orar, trabajar.

He aquí tres ingredientes en la fórmula de un luchador exitoso.

DÉBORA

DÉBORA


Débora devora.

Débora, mujer de armas tomar, sin miedo, decidida valiente como la que más.

Débora devora la mediocridad de un pueblo que ha entregado la libertad que a punta de amarga aridez habían conquistado los abuelos en tiempos de Moisés.

Débora devora la mendacidad de unas gentes que ya no tienen conciencia, ni orgullo nacional, ni deseos de ser un pueblo libre.

Débora devora la pereza. Organiza una resistencia. La resistencia del no: no al miedo, no a la mentira, no a vivir como siervos menguados.

Débora devora el machismo.
El pueblo la llama “la madre de Israel”.

Débora devora el olvido y narra a sus compatriotas la historia de la liberación de Egipto, el paso por el Sinaí.

Débora devora el desorden. Organiza un ejército pequeño que se enfrenta a los cananeos.

Débora devora la oscuridad y prende el entusiasmo en el pueblo.

Se alistan diez mil hombres de Neftalí y Zabulón, y Débora los destaca en el monte Tabor.

Y allí, guiados por esta mujer, reconquistan su dignidad de personas libres.

¡Necesitamos muchas Déboras devoradoras en estos tiempos!

MOISÉS

MOISÉS


- ¿Y esa canasta que flota en el río? Se pregunta la hija del faraón. La recoge, la abre y adentro encuentra un bebé que mueve graciosamente las piernitas y los bracitos.

Bastaron una o dos risitas para enamorar a la princesa. Esta fue la primera conquista de Moisés.

La segunda conquista ocurre muchos años después cuando siendo un muchacho descubre que sus raíces vienen del otro lado del río de donde fue rescatado.

La tercera conquista es más complicada. Debe dejar la corte e irse al desierto.

Luego, la cuarta conquista. ¡Casi nada! Obedecer a la voz de la zarza.

La quinta, sobreponerse y enfrentar al nuevo faraón.

La sexta, sembrar esperanzas en un pueblo entumido por la ideología dominante.

La séptima conquista, ser portavoz de malas noticias: las siete plagas.

La octava, guiar al pueblo y pasarlo por entre aguas como si lo bautizara.

La novena conquista es un camino de cuarenta años entre polvo, quejas, avances y retrocesos.

La décima es quizá la más ardua. Volver a abandonar todo y -sin poder entrar- mirar a lo lejos la tierra prometida por la que tanto ha luchado.

Moisés, el de los diez mandamientos.
Moisés, el de las diez conquistas.

¿Y nosotros?